“Esta fue la culpa de su hermana Sodoma: ella y sus hijas tenían orgullo, exceso de comida y próspera tranquilidad, pero no ayudaron al pobre y al necesitado”. (Ez 16, 48-49)

domingo, 31 de mayo de 2020

¿Qué eres tú para Dios Espíritu Santo? «No eres confeti al viento, sino una tesela de Su mosaico»

Por  Papa Francisco


Unidad en la diversidad: esa es la clave para entender a la Iglesia y el don del Espíritu Santo, y con esa vivencia es posible vivir con el hermano, amar a los que son diferentes y servir a Dios transformando el mundo, venciendo debilidades como el narcisismo, el victimismo o el pesimismo.
Esto es posible porque "el Espíritu Santo nos ama y conoce el lugar que cada uno tiene en el conjunto: para Él no somos confeti llevado por el viento, sino teselas irremplazables de su mosaico".
Esa fue la clave de la homilía del Papa Francisco en la Basílica de San Pedro este Domingo de Pentecostés por la mañana.
Unidad en la diversidad: así nació la Iglesia
“«Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu», recordó el Pontífice citando la carta de Pablo a los corintios. «Hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios».
Pablo junta la diversidad con la unidad para indicarnos "que el Espíritu Santo es la unidad que reúne a la diversidad; y que la Iglesia nació así: nosotros, diversos, unidos por el Espíritu Santo”, predicó Francisco.
Los apóstoles forjaron “un solo pueblo: el pueblo de Dios, plasmado por el Espíritu, que entreteje la unidad con nuestra diversidad, y da armonía, porque el Espíritu, es armonía, dijo el Papa. El Espíritu es la unidad que reúne a la diversidad. Jesús no cambió a los apóstoles, no los uniformó, ni convirtió en ejemplares producidos en serie. Jesús dejó las diferencias que caracterizaban a cada uno de ellos: los pescadores, quien era gente sencilla, quien recaudador de impuestos".
¿Cómo logra Dios la unión de los apóstoles? "Ungiéndolos con el Espíritu Santo, los une. La unión se realiza con la unción. En Pentecostés los Apóstoles comprendieron la fuerza unificadora del Espíritu".
No te lleves bien sólo con quien piensa como tú
Los cristianos pueden tener diferencias de opinión, de elección, de sensibilidad... ¿Cómo vivir eso en unidad? El Papa nos pide que no caigamos en la tentación de querer defender a capa y espada las propias ideas, considerándolas válidas para todos, y en llevarnos bien sólo con aquellos que piensan igual que nosotros.
Esta es una fe, manifestó, construida a nuestra imagen y no es lo que el Espíritu quiere. La humanidad, dentro de las diferencias, alcanza la unidad por el Espíritu Santo, porque, como dijo Francisco, el Espíritu Santo nos recuerda que, ante todo, somos hijos amados de Dios.
“El Espíritu desciende sobre nosotros, a pesar de todas nuestras diferencias y miserias, para manifestarnos que tenemos un solo Señor, Jesús, y un solo Padre, y que por esta razón somos hermanos y hermanas. Empecemos de nuevo desde aquí, miremos a la Iglesia como la mira el Espíritu, no como la mira el mundo”.
“Podríamos pensar que lo que nos une es lo mismo que creemos y la misma forma de comportarnos. Sin embargo, hay mucho más que eso: nuestro principio de unidad es el Espíritu Santo", insistió.
Ni izquierdas ni derechas: hijos de Dios
“Miremos a la Iglesia como la mira el Espíritu, no como la mira el mundo. El mundo nos ve de derechas y de izquierdas; el Espíritu nos ve del Padre y de Jesús. El mundo ve conservadores y progresistas; el Espíritu ve hijos de Dios. La mirada mundana ve estructuras que hay que hacer más eficientes; la mirada espiritual ve hermanos y hermanas mendigos de misericordia", añadió.
No somos confeti al viento, sino teselas del mosaico de Dios
El Espíritu nos ama y conoce el lugar que cada uno tiene en el conjunto: para Él no somos confeti llevado por el viento, sino teselas irremplazables de su mosaico.
El día de Pentecostés,dijo, es la primera obra de la Iglesia: el anuncio, los Apóstoles salen a proclamar el Evangelio, sin ninguna estrategia ni plan pastoral. Se lanzan, dijo el Papa, corriendo riesgos, poco preparados, salen con el solo deseo que les anima: dar lo que han recibido. Porque es ese el secreto de la unidad, y del Espíritu, donarse.
“Porque Él es don, vive donándose a sí mismo y de esta manera nos mantiene unidos, haciéndonos partícipes del mismo don. Es importante creer que Dios es don, que no actúa tomando, sino dando. ¿Por qué es importante? Porque nuestra forma de ser creyentes depende de cómo entendemos a Dios".
"Si tenemos en mente a un Dios que arrebata y se impone, también nosotros quisiéramos arrebatar e imponernos: ocupando espacios, reclamando relevancia, buscando poder. Pero si tenemos en el corazón a un Dios que es don, todo cambia. Si nos damos cuenta de que lo que somos es un don suyo, gratuito e inmerecido, entonces también a nosotros nos gustaría hacer de nuestra vida un don”.
Tres enemigos: narcisismo, victimismo, pesimismo
El Papa pide a cada uno de nosotros, que examinemos que nos impide darnos al otro, si dentro de nosotros tenemos a los “tres enemigos del don”: el narcisismo, el victimismo y el pesimismo.
El narcisismo, que lleva a la idolatría de sí mismo y a buscar sólo el propio beneficio. "Y en esta pandemia que el mundo sufre, duele ver en la humanidad el narcisismo, gente que se preocupa de sus propias necesidades, que es indiferente a las de los demás, que no admite las propias fragilidades y errores".
El victimismo, es peligroso, dijo Francisco. El victimista está siempre quejándose de los demás: “Nadie me entiende, nadie me ayuda, nadie me ama, ¡están todos contra mí!”. Y al respecto, en el drama que vive actualmente la humanidad, qué grave es el victimismo, exclamó el Papa, pensar que no hay nadie que nos entienda y sienta lo que vivimos.
Y el pesimista que “arremete contra el mundo entero, pero permanece apático y piensa: “Mientras tanto, ¿de qué sirve darse? Es inútil”. Y así, en el gran esfuerzo que supone comenzar de nuevo, qué dañino es el pesimismo, ver todo negro y repetir que nada volverá a ser como antes”. 
El pesimista, es quien piensa que que ya no hay esperanza, y hoy día dijo por último el Papa Francisco, nos encontramos ante una carestía de esperanza y necesitamos valorar el don de la vida, el don que es cada uno de nosotros. Por esta razón, necesitamos el Espíritu Santo, don de Dios que nos cura del narcisismo, del victimismo y del pesimismo, concluyó el Pontífice.



domingo, 12 de abril de 2020

No lo busques entre los muertos



¡Feliz Pascua de Resurrección!
Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba». Él entró y se quedó con ellos. (Lc 24, 28-29) 
 
En medio de la incertidumbre y preocupación en este tiempo sin precedentes, la presencia del Señor Resucitado permanece constante. 

En la primera tarde de Pascua, el Señor Resucitado se encontró con dos discípulos en el camino a Emaús. Ellos se sentían aislados, apesadumbrados por la desesperanza y sufrían una verdadera crisis de fe. Él los invitó a compartirle su dolor y sus dudas y luego, restauró su fe en las promesas de Dios. Reavivó su fe, aumentó su entendimiento y encendió sus corazones. Respondiendo a su invitación sincera, el Señor se sintió como en casa y les reveló su presencia en la fracción del Pan. 

Aunque esta crisis mundial de salud nos separa de nuestros familiares, amigos, e incluso de los sacramentos, el Señor Jesús nos ha hecho uno por su Resurrección. Que en esta Pascua se encuentren con Él en medio de la dificultad y reciban su consuelo. Que la palabra salvífica de su Pasión, Muerte y Resurrección encienda sus corazones y avive en ustedes la confianza de que Dios guarda sus promesas. Que sus hogares y sus corazones sean templos donde el Señor Resucitado habite y revele su presencia. 

Proclamemos a una sola voz, junto con sus discípulos y su Santísima Madre: «¡El Señor ha resucitado! ¡Aleluya!» 

domingo, 29 de marzo de 2020

Domingo del llanto

“Que sea el domingo de las lágrimas”



El Papa Francisco ora en la Misa en Santa Marta por quienes lloran

Este 29 de marzo, V Domingo de Cuaresma, en la Misa en Santa Marta, 
el Santo Padre rezó por los que sufren en este tiempo de aflicción. En su homilía 
recordó que Jesús también lloró: hoy mucha gente llora, pidamos la gracia de 
saber llorar con ellos.

 Vatican News

En la Misa matutina celebrada – y transmitida en vivo – en la Capilla de la 
Casa Santa Marta, este V Domingo de Cuaresma, “Domingo del llanto”, 
el Papa Francisco pidió especialmente por las personas que sufren a 
causa de la pandemia del coronavirus:

“Pienso en tanta gente que llora: gente aislada, gente en cuarentena, 
los ancianos solos, personas hospitalizadas y personas en terapia, padres
que ven que, porque no hay el salario, no podrán alimentar a sus hijos. 
Mucha gente llora. Nosotros también, desde nuestro corazón, los 
acompañamos. Y no nos hará daño llorar un poco con 
el llanto del Señor por todo su pueblo”.

En su homilía, comentando el Evangelio de Juan (11, 1-45) sobre
la resurrección de Lázaro, el Pontífice habló del llanto de Jesús
por su amigo. Jesús llora con amor, llora con los suyos que lloran,
 llora siempre por amor, tiene un corazón lleno de compasión.
Hoy en día, frente a un mundo que sufre por la pandemia – se preguntó 
el Papa – ¿somos capaces de llorar como Jesús? Muchos lloran hoy. 
Pidamos la gracia de llorar.

A continuación la homilía:
***
Homilía del Santo Padre

Jesús tenía amigos. Amaba a todos, pero tenía amigos con los cuales tenía una relación
 especial, como se hace con los amigos, de más amor, de más confianza… Y muchas, 
muchas veces se quedaba en casa de estos hermanos: Lázaro, Marta, María… Y Jesús 
sintió dolor por la enfermedad y la muerte de su amigo. Llegó a la tumba y, se conmovió 
profundamente y muy turbado, preguntó: “¿Dónde lo habéis puesto?” (Jn 11,34). 
Y Jesús estalló en lágrimas. Jesús, Dios, pero hombre, lloró. En otra ocasión 
en el Evangelio se dice que Jesús lloró: cuando lloró por Jerusalén (Lc 19,41-42). 
¡Y con cuanta ternura llora Jesús! Llora desde el corazón, llora con amor, 
llora con los suyos que lloran. El llanto de Jesús. Tal vez, lloró otras veces en 
la vida —no lo sabemos— ciertamente en el Huerto de los Olivos. Pero Jesús llora 
por amor, siempre.

Se conmueve profundamente y muy turbado lloró. Cuántas veces hemos escuchado 
en el Evangelio esta emoción de Jesús, con esa frase que se repite: “Viendo, tuvo 
compasión” (cf. Mt 9,36; Mt 14,14). Jesús no puede mirar a la gente y no sentir 
compasión. Sus ojos miran con el corazón; Jesús ve con sus ojos, pero ve con su 
corazón y es capaz de llorar.

Hoy, ante un mundo que sufre tanto, ante tanta gente que sufre las consecuencias 
de esta pandemia, me pregunto: ¿soy capaz de llorar, como seguramente lo habría 
hecho Jesús y lo hace ahora? ¿Mi corazón se parece al de Jesús? Y si es demasiado
 duro, si bien soy capaz de hablar, de hacer el bien, de ayudar, pero mi corazón no 
entra, no soy capaz de llorar, debo pedir esta gracia al Señor: Señor, que yo llore 
contigo, que llore con tu pueblo que en este momento sufre. Muchos lloran hoy. 
Y nosotros, desde este altar, desde este sacrificio de Jesús, de Jesús que no se 
avergonzó de llorar, pedimos la gracia de llorar. Que hoy sea para todos 
nosotros como  el domingo del llanto.
Oración para la Comunión espiritual

Creo, Jesús mío, que estás realmente presente en el 
Santísimo Sacramento del altar. 
Te amo sobre todas las cosas y deseo recibirte en mi alma. 
Ya que no puedo recibirte sacramentalmente ahora, ven al menos 
espiritualmente a mi corazón. Y como si te hubiese recibido, 
me abrazo y me uno todo a ti. 
No permitas que jamás me 
aparte de ti.


AMÉN


domingo, 15 de marzo de 2020

De pluma ajena: De virus, de tragedias y de realidades últimas –o bien «De cuaresma y de metanóia»–

* Nota preliminar:
        Las siguientes líneas no pretenden avanzar juicio alguno sobre el estado de conciencia de ninguna persona en particular, cosa que está reservada exclusivamente a Dios. Lo que se procura es iluminar la situación actual desde la única fe verdadera en orden a ayudar a elevar la mirada al lector de buena fe, para que se tome cada vez más en serio la vida y la oriente cada vez más hacia Dios –que es de lo que se trata la cuaresma–.
        ¡Ah! «Metanoia» translitera el griego μετάνοια, que quiere decir «conversión», pero propiamente en el sentido de «cambio completo y radical de mentalidad, reprogramación total del proyecto, redefinición de prioridades».





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        Lo que la pandemia del Corvid-19 y la psicosis babilónica multinacional ha puesto en evidencia es una realidad sumamente trágica. Muchos la veíamos ya desde antes; pero ahora se hace evidente para muchos otros.
        Todo el mundo está pensando en cómo protegerse; nadie piensa en cómo convertirse.
        Todos procuran huir de la muerte; nadie prepararse para ella.
        Lo que pasa es que, más allá de las apariencias, ya no quedan, prácticamente, cristianos; de un gran número de sacerdotes y obispos, ni hablar… Lasciamo perdere, como se dice en italiano. Sea como sea, cristianos quedan pocos. Pocos tienen fe.
Y es esta tragedia de la falta de fe.
 La tragedia de la falta de fe en tantas personas resalta con evidencia solar a partir de aquello que inspira de manera directa y espontánea sus juicios prácticos, de carácter decisional. Lo único que los inspira es el miedo a la muerte. Y esto tampoco por temor al juicio divino, lo cual sería ya una auténtica fe inicial –puesto que «el inicio de la sabiduría es el temor del Señor» (Pr 9,10; cfr. Sir 1,14)–, sino simplemente porque son amadores de este mundo, amigos del mundo.
 En efecto, no es la posibilidad de enfrentarse a lo que inexorablemente se enfrentarán lo que los aterra, sino la posibilidad de tener que dejar aquello que aman. No los atemoriza aquello a lo que se enfrentarían, porque para ellos, en realidad, no se trata de otra cosa que de una «realidad» etérea, fantasmagórica, sin peso ni consistencia efectiva alguna; por el contrario, aquello que aman, en primer lugar sus afectos, es decir, sus lazos humanos, y en segundo lugar las cosas que prefieren, o sea, sus gustos, sus placeres, sus afecciones, son para ellos algo sumamente consistente, son el centro en torno al cual hicieron gravitar sus vidas. El Dios mismo en quien, algunos, con los labios dicen creer entra en sus vidas como Pilato en el Credo, «de costadelli», solamente en función de garantizar aquello a lo cual ante todo aman: la permanencia de sus lazos afectivos.
El Cielo, para ellos, es el plan B. Y es que, a decir verdad, no les interesa. En todo caso, se trata de una hipótesis secundaria, una posibilidad lejana, una vaga teoría cuyo origen se desdibuja en la nebulosa de lejanas mitologías escuchadas distraídamente durante la niñez, carente de toda repercusión en la conducta y en la vida concreta, porque no es, ciertamente no lo es, el destino al que anhelan llegar, el fin que desean alcanzar. No. Sus deseos y sus anhelos más profundos están volcados sobre otras cosas, sobre cosas de este mundo. No consideran que sus vidas están escondidas en Cristo, porque no viven sus vidas como pertenencia de Cristo, porque no entienden ni quieren ni procuran entender que no se pertenecen, sino que le pertenecen a Cristo (cfr. Col 3,1-4). Son esos «católicos» que pueden recitar de memoria todos las formaciones de Boca y de River o de la Selección desde los años ’50 hasta nuestra fecha, pero que no pasan de Pedro si se les pide que elenquen la lista de los 12 apóstoles. No. Es que, en realidad, NO-LES-IN-TE-RE-SA-TRES-PE-PI-NOS. Ni los apóstoles, ni Jesucristo, ni el evangelio, ni la Iglesia.
Y es por eso que para la graaaan, graaaaaan, grandíííííííííísima mayoría de las personas de nuestro tiempo, incluso un enorme número de «cristianos», resulta inexplicable que Dios sea «tan malo». Entendámonos: Dios no es malo, en él no hay siquiera la más mínima sombra de mal, él es todo bondad, bondad infinita e inagotable, hasta tal punto que él es la fuente única de todo bien y que todo lo que sale de él es bueno. Dios no es malo, pero lo perciben como malo aquellos que, justamente porque aman a este mundo, se vuelven enemigos de Dios, y toman como criterio de bondad aquello que les gusta y les causa satisfacción y placer y no aquello que se ordena a Dios.
Dios no es referencia para los amadores de este mundo. Aunque lleven la etiqueta de «católicos». Incluso entre muchos «católicos», Dios es un simple convidado de piedra, un decorado exterior, un personaje imaginario que transcurre en paralelo con la vida, en la cual lo esencial y verdaderamente importante son los lazos afectivos con los seres queridos. Como lo único que para ellos tiene consistencia es el mundo, Dios, la Iglesia y el evangelio tienen que cambiar para adaptarse al mundo y a los tiempos: «¿Cómo van a pretender “convertir”! ¿Cómo van a pretender tener “la Verdad” absoluta! ¿Por qué no dejan que cada uno tenga las creencias que le parece, si una vale tanto como la otra y lo importante es no pelearse! ¿Cómo se permiten imponer una moral sexual, una moral social, una bioética! No. Que Dios la Iglesia y el evangelio me dejen vivir como me pinta, según lo que ya elegí y decidí, y que busquen la manera de cambiar su discurso para justificar mis opciones». Este tipo de discurso no es cosa exclusiva de personas ajenas a la Iglesia, sino que encuentra el consenso activo de muchos «católicos».
Es siempre la misma «forma» mental, siempre el mismo principio orientador, el mismo criterio; lo que cambia es la materia a la que se aplica. Siempre el principio y el criterio de los amadores del mundo va a subordinar a su imperativo y a sus preferencias todo lo que pretendan decir Dios, el evangelio, la Iglesia.
Pero los amadores de este mundo son enemigos de Dios. Esto lo dice explícitamente la Biblia, en la que no creen los obispos y sacerdotes cuyas almas fueran infectadas por el virus «Modernismo 2.0» –muchísimo más grave que cualquier otro–, aunque se pasen todo el tiempo hablando de ella: «… ¿no sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Cualquiera, pues, que desee ser amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios» (οὐκ οἴδατε ὅτι ἡ φιλία τοῦ κόσμου ἔχθρα τοῦ θεοῦ ἐστιν; ὃς ἐὰν οὖν βουληθῇ φίλος εἶναι τοῦ κόσμου, ἐχθρὸς τοῦ θεοῦ καθίσταται – St 4,4).
P. Christian Ferraro

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lunes, 6 de enero de 2020

LA FE ES UNA RELACIÓN CON UNA PERSONA VIVA A QUIEN AMAR

«En la vida cristiana no es suficiente saber: sin salir de uno mismo, sin encontrar, sin adorar, no se conoce a Dios. La teología y la eficiencia pastoral valen poco o nada si no se doblan las rodillas; si no se hace como los Magos, que no sólo fueron sabios organizadores de un viaje, sino que caminaron y adoraron. Cuando uno adora, se da cuenta de que la fe no se reduce a un conjunto de hermosas doctrinas, sino que es la relación con una Persona viva a quien amar», destacó el Santo Padre en la homilía en la Santa Misa que presidió en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, este lunes 6 de enero de 2020.

Homilía del Papa Francisco:

En el Evangelio (Mt 2,1-12) los Magos comienzan manifestando sus intenciones: «Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo». La adoración es la finalidad de su viaje, el objetivo de su camino. De hecho, cuando llegaron a Belén, «vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron». Si perdemos el sentido de la adoración, perdemos el sentido de movimiento de la vida cristiana, que es un camino hacia el Señor, no hacia nosotros. Es el riesgo del que nos advierte el Evangelio, presentando, junto a los Reyes Magos, unos personajes que no logran adorar.
En primer lugar, está el rey Herodes, que usa el verbo adorar, pero de manera engañosa. De hecho, le pide a los Reyes Magos que le informen sobre el lugar donde estaba el Niño «para ir – dice– yo también a adorarlo». En realidad, Herodes sólo se adoraba a sí mismo y, por lo tanto, quería deshacerse del Niño con mentiras. ¿Qué nos enseña esto? Que el hombre, cuando no adora a Dios, está orientado a adorar su yo. E incluso la vida cristiana, sin adorar al Señor, puede convertirse en una forma educada de alabarse a uno mismo y el talento que se tiene. Cristianos que no saben adorar, que no saben rezar adorando.
Es un riesgo grave: servirnos de Dios en lugar de servir a Dios. Cuántas veces hemos cambiado los intereses del Evangelio por los nuestros, cuántas veces hemos cubierto de religiosidad lo que era cómodo para nosotros, cuántas veces hemos confundido el poder según Dios, que es servir a los demás, con el poder según el mundo, que es servirse a sí mismo.
Además de Herodes, hay otras personas en el Evangelio que no logran adorar: son los jefes de los sacerdotes y los escribas del pueblo. Ellos indican a Herodes con extrema precisión dónde nacería el Mesías: en Belén de Judea. Conocen las profecías y las citan exactamente. Saben a dónde ir, ¡grandes teológos, grandes!, pero no van. También de esto podemos aprender una lección. En la vida cristiana no es suficiente saber: sin salir de uno mismo, sin encontrar, sin adorar, no se conoce a Dios.
La teología y la eficiencia pastoral valen poco o nada si no se doblan las rodillas; si no se hace como los Magos, que no sólo fueron sabios organizadores de un viaje, sino que caminaron y adoraron. Cuando uno adora, se da cuenta de que la fe no se reduce a un conjunto de hermosas doctrinas, sino que es la relación con una Persona viva a quien amar. Conocemos el rostro de Jesús estando cara a cara con Él. Al adorar, descubrimos que la vida cristiana es una historia de amor con Dios, donde las buenas ideas no son suficientes, sino que se necesita ponerlo en primer lugar, como lo hace un enamorado con la persona que ama. Así debe ser la Iglesia, una adoradora enamorada de Jesús, su esposo.
Al inicio del año redescubrimos la adoración como una exigencia de fe. Si sabemos arrodillarnos ante Jesús, venceremos la tentación de ir cada uno por su camino. De hecho, adorar es hacer un éxodo de la esclavitud más grande, la de uno mismo. Adorar es poner al Señor en el centro para no estar más centrados en nosotros mismos. Es poner cada cosa en su lugar, dejando el primer puesto a Dios. Adorar es poner los planes de Dios antes que mi tiempo, que mis derechos, que mis espacios. Es aceptar la enseñanza de la Escritura: «Al Señor, tu Dios, adorarás» (Mt 4,10). Tu Dios: adorar es experimentar que, con Dios, nos pertenecemos recíprocamente. Es darle del «tú» en la intimidad, es presentarle la vida y permitirle entrar en nuestras vidas. Es hacer descender su consuelo al mundo. Adorar es descubrir que para rezar basta con decir: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28), y dejarnos llenar de su ternura.
Adorar es encontrarse con Jesús sin la lista de peticiones, pero con la única solicitud de estar con Él. Es descubrir que la alegría y la paz crecen con la alabanza y la acción de gracias. Cuando adoramos, permitimos que Jesús nos sane y nos cambie. Al adorar, le damos al Señor la oportunidad de transformarnos con su amor, de iluminar nuestra oscuridad, de darnos fuerza en la debilidad y valentía en las pruebas. Adorar es ir a lo esencial: es la forma de desintoxicarse de muchas cosas inútiles, de adicciones que adormecen el corazón y aturden la mente.
De hecho, al adorar uno aprende a rechazar lo que no debe ser adorado: el dios del dinero, el dios del consumo, el dios del placer, el dios del éxito, nuestro yo erigido en dios. Adorar es hacerse pequeño en presencia del Altísimo, descubrir ante Él que la grandeza de la vida no consiste en tener, sino en amar. Adorar es redescubrirnos hermanos y hermanas frente al misterio del amor que supera toda distancia: es obtener el bien de la fuente, es encontrar en el Dios cercano la valentía para aproximarnos a los demás. Adorar es saber guardar silencio ante la Palabra divina, para aprender a decir palabras que no hieren, sino que consuelan.
La adoración es un gesto de amor que cambia la vida. Es actuar como los Magos: es traer oro al Señor, para decirle que nada es más precioso que Él; es ofrecerle incienso, para decirle que sólo con Él puede elevarse nuestra vida; es presentarle mirra, con la que se ungían los cuerpos heridos y destrozados, para pedirle a Jesús que socorra a nuestro prójimo que está marginado y sufriendo, porque allí está Él.
Usualmente, nosotros sabemos rezar, pedimos, agradecemos al Señor, pero todavía la Iglesia debe ir más adelante con la oración de adoración, debemos crecer en la adoración, una sabiduría que debemos aprender cada día, rezar adorando, la oración de adoración.
Queridos hermanos y hermanas, hoy cada uno de nosotros puede preguntarse: «¿Soy un adorador cristiano?». Muchos cristianos que oran no saben adorar. Hagámonos esta pregunta. ¿Encontramos momentos para la adoración en nuestros días y creamos espacios para la adoración en nuestras comunidades? Depende de nosotros, como Iglesia, poner en práctica las palabras que rezamos hoy en el Salmo: «Señor, que todos los pueblos te adoren». Al adorar, nosotros también descubriremos, como los Magos, el significado de nuestro camino. Y, como los Magos, experimentaremos una «inmensa alegría» (Mt 2,10).